6 en 1

Volvemos al libro, “Los 6 hombres que toda mujer debería tener”. Apto solo para matrimonios. Aunque parezca mentira. Porque el título confunde. En realidad es uno, el marido, el que debe cambiar en seis para que la vida conyugal funcione. 6 en 1. Con idéntico envoltorio pero diferentes contenidos. Lo importante, mutar. Desde el principio del “sí quiero” hasta el fin del mismo. Lo dice Craig, el autor. ¿Que no recuerdas cuando fue la última vez que te dijo te quiero? ¿Y? ¿Qué pasa? Pues nada. Ya te lo demostrará de otra manera. Exigente, que eres una exigente. Sí, te quiere. Y punto. ¿Para que gastar dos palabras? Él ha evolucionado. No pasa nada si ya no es igual de cariñoso que entonces. Tranquilas. Es mucho mejor. Son etapas. E-ta-pas. Vamos a ver. Craig afirma: cuando te casas, quieres un marido concreto. Inteligente reflexión a la que me sumo sin fisuras. Un marido concreto, en principio, sin variantes ni conservantes. Pues no. Ha de sufrir cambios. Continúa, “al principio yo era despreocupado, divertido y lleno de sueños y potencial. La hacía reír y la ayudaba a sentirse bien consigo misma. Ella hacía lo mismo por mí”. Nos suena. A todos. Que tire la primera piedra quien no esté de acuerdo con esta nueva e incisiva reflexión. Era. Pasado. Eran. Otras épocas. Después hay que evolucionar. Adaptarse. Reinventarse. He aquí la palabra mágica. Hasta seis veces, queridos. Como el matrimonio manda. Para hacernos felices. Aunque dejen de ser divertidos. O cariñosos. Eso es lo de menos. Lo de más, que se adapten. A nosotras y a nuestras circunstancias. Porque como indica el autor con una sabiduría sublime, “la persona que la mayoría de las mujeres desean a su lado cuando tienen veintitantos años es muy distinta a la que precisan cuando tienen treinta, cuarenta, etcétera”. Un genio. Con una visión del sexo femenino increíble. Cargado de razón. Según él, a mi edad me falta poco para necesitar otro marido. Sería el cuarto. Aunque sea el mismo. La pena es que las tres primeras etapas ya se las ha saltado. Pero no pienso destriparlas. Aunque no sé si me hubiera atrevido. A decirle en la primera “que me urgía que creciera”. O a incitarle en la segunda “a ser un prodigio de humildad y de paciencia”. O en la tercera “que fuera amante antes que padre”. No, por ahí no paso. Faltaría más

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