de otra especie

El matrimonio. El “mártirmonio”. Lo de siempre. La osadía. La mía. Cena de diez en casa. Vino, copas, la cosa se anima, jaja, jiji, los hombres, las mujeres, si es que sois todos iguales, pues anda que vosotras si estáis cortadas por el mismo patrón, sí hombre lo que tú digas si es que dices algo porque mira que os cuesta emitir, pues claro para eso estáis vosotras que habláis hasta dormidas, jiji, jaja, sube el tono y aquello se tensa. Qué graciosos. “Crucé una palabra con mi mujer y ella cruzó un párrafo”. Risas masculinas. Estupor femenino. Pensé en la frase de Oscar Wilde: “si usted quiere saber lo que una mujer dice realmente, mírela, no la escuche”. Eso hice. Mirarlas. Ellos seguían. Con sus gracejas. A carcajada limpia. “Yo como el del chiste. Una vez no le hablé a mi mujer en seis meses. No quería interrumpirla”. Se caían de la risa. Nuestra estampa, en la onda de una imagen vale más que mil palabras. No hacía falta decir nada. A la frase de Wilde le sobraba la última oración. Nos miramos. Una a una. Todas a todas. Todas a una. Como en Fuenteovejuna. Por si las moscas. Compartiendo pensamiento: “son distintos, de otra especie”. Sonreímos. Qué simplotes. Se percataron. A pesar de su condición masculina. Y reaccionaron. Como animalillos heridos. Dando coces. Normal. Cuestión de ciencia: en su cerebro hay más compartimentos (eso sí, los emplean uno a uno) y por eso tratan las sensaciones de forma más básica, más cercana al nivel animal. Nosotras necesitamos hablar. Pero eso es otro cantar. Que para canteo el mío. En plena “exaltación del amor”, pregunto. “¿A vosotros qué es lo que más os molesta de vuestra mujer?” Se oyó una sola contestación. “¿Por qué no preguntará mejor que es lo que no nos molesta?”. “Eso, eso”, gritaban jocosos los demás. Y se armó. Por osada. Y aprendimos. Que detestan que lleguemos siempre tarde. Nuestra medida del tiempo. Todos coincidían. “¿Por qué si la cena es a las 10 empezáis a arreglaros a las 10?”. Buena pregunta. Entonces me acordé. Del chiste. Y lo conté. En modo hombre. “¿No sabéis por qué las mujeres tardan tanto en arreglarse y siempre llegan tarde? Porque lo mejor siempre llega a lo último”. No tuvo ninguna gracia. Ninguna. Lección aprendida. Cuesta más responder con gracia, que callar con desprecio. Me callo.

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