Entre tiempos

Estoy congelada. Lo pienso y sin querer lo digo en alto. Como casi todo lo que digo. Enseguida se caldea el ambiente. “Pues ponte un jersey”, le oigo gruñir. “Ya lo llevo puesto, listo”, pienso, no digo, por si acaso, y antes de que arda en llamas me pongo otro. Parezco un muñeco de nieve. Gélida. Redonda. Las manos tan frías que en un momento de ingenio total, me levanto, le doy un beso y se las meto por la camisa. Para que se haga una idea. Lo dice sin darse ni cuenta. “¿Pero qué haces? ¡Estas helada!” “Pues claro, te lo he dicho”, comento esperanzada. No se inmuta. ¿Para qué poner la calefacción con lo que ha subido el recibo? Además, si ellos parecen no tener frío. Como me descuide abre las ventanas. Como hizo anoche. Yo a punto de auto amputarme los pies dado el proceso de congelación que sufrían, y “Él” sin consultar, abre de par en par “porque el ambiente del cuarto está cargado”. Pues más que se va a cargar. Porque en cuanto te metas en la cama te planto los pies y te vas a enterar. Como ventosas adosadas. Esta vez no te escapas. Pegadita a ti toda la noche para equilibrar termostatos. Que eso es lo bonito del matrimonio. Compartir. Todo. Lo que haga falta y más. Incluso la temperatura. ¿Que no quieres calor? Pues me das lo que te sobra que yo te pongo fresquito. Que entre eso y la luz parece que estamos condenados al fracaso nocturno. ¿Los polos opuestos se atraen? No estoy segura. Porque hay momentos en los que sin duda se repelen. Pero no merece la pena. Como soy santa me pongo a escribir con mitones, envuelta en una manta y con un gorro de lana hasta las orejas. Que día tan triste. El otoño ha llegado de golpe y no para de llover. Me recuerda a esos días de colegio en los que el tiempo pasaba lentamente y mirabas por la ventana cargada de melancolía. Pienso en los tiempos. Cuántas acepciones. Pasado y presente. Calor y frío. Lento o rápido. Según como pase. Y sonrío. Porque en eso, también somos diferentes. Mientras tú comes, ellos engullen; mientras tú conduces, ellos “atropellan”; mientras tú te paras en un canal de televisión, ellos ven veinte. O 22. Como los años que llevo de feliz “mártirmonio”. Que no cambie nunca.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*