Estado de horror

Es la primera vez que escribo en el blog sin que sea la misma columna que escribo en el periódico. Es la primera vez, que a pesar de lo cansada que estoy –que lo estoy- siento la necesidad de compartir con vosotros la inmensa tristeza que me invade. Es la primera vez, que he sentido miedo, de verdad, al vivir en el país en el que vivo. He tenido que apagar la televisión. No puedo ver los informativos. Soy incapaz de ver el chorreo de delincuentes, clasificados como los más peligrosos –clasificación que me parece hasta obscena-, salir de las diferentes cárceles de España. Asesinos y violadores. Y lloro. Por esa mujer a la que un terrorista dejo sin marido; por el hermano al que arrebataron a su hermano a golpe de pistola; por el padre de esa chica que violaron y, después, además, mataron; por la madre, desgarrada de por vida, desde que su hija fue vilmente violada; por las mujeres, igual de vilmente violadas, que ayer atravesaron con su dolor la pantalla de mi televisión. Y revivieron el horror de lo entonces sucedido. Ellas, ellos y todos los demás a los que la vida les ha hecho penar con algo de lo que nunca han sido culpables. Y me imagino. Como mujer, como madre, como esposa, como hermana. O como amiga. O simplemente como ahora. Como ahora me siento. Y lloro. Por ellos y por mí. Por la mierda de país que permite la excarcelación masiva de asesinos y violadores. Por mucho que me lo intenten explicar. Con la ley en la mano. Me da asco. Ayer fueron veinte los excarcelados. Hoy paso de contarlos. Me asquea. Me repugna. Hoy solo quiero compartir mi dolor con el único dolor que de verdad importa. El de los familiares de las víctimas. Convertidas en víctimas, a su vez, ante la atrocidad de la injusticia cometida. Y tengo miedo. Mucho miedo. De vivir en el país en el que vivo. Me digan lo que me digan. Que me importa un carajo. Tenía que escribirlo. Y así lo he hecho. Aunque mis palabras no sirvan para nada. Porque yo, tú, ese y aquél seguiremos viviendo. Como si nada. Pero ella, él, ellas, ellos, los familiares de las víctimas, tendrán que aprender a vivir de nuevo. Una vez más. Con la pena de entonces y con la pena de ahora. Y la rabia. De ver que su único consuelo, ver al maligno en la cárcel, se ha convertido en desconsuelo. Qué fuerte.

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