La amargura

Un niño se sentó en un banco y se encontró con la amargura. “Y tú, ¿quién eres?” preguntó. “La amargura” “¿Y eso? Nunca lo había oído” “Eres muy pequeño para entenderlo. Mejor así”. El niño, haciendo honor a su estatura, no ceja en su empeño. “¿Pero qué es?, cuestiona con su inmenso deseo de saber. La amargura, incómoda, quiso evadirse. “Es un sentimiento muy triste y a tu edad no tienes por qué saber de él”. La curiosidad de un niño no tiene límites. Insistió. “Si me lo explicas, así estaré preparado para cuando sea mayor y te presentes”. La amargura, a punto de perder la paciencia, cedió. “Soy un sentimiento triste, muy triste, que normalmente voy de la mano de la soledad. Soy, cómo decirte, una profunda pena, un profundo dolor, que envuelvo a las personas ante alguna situación que les depare la vida. ¿Por ejemplo? En el extremo más duro, la muerte de un ser querido”.

El pequeño comenzó a llorar. En silencio. Sin perder la compostura. Asimilando. “Sigue por favor”, dijo con tristeza. “Aparezco también en otros momentos. Cuando alguien te deja en el camino y no comprendes el por qué, la  frustración que sientes al no alcanzar un objetivo, un desgarro en el corazón por una injusticia, una profunda desilusión. La voz infantil maduró de pronto. “¿Y no se puede luchar contra ti?” “¡Claro que sí! Lo más importante es reconocer que yo estoy. Después intentar alejarme. Por muy grande que sea tu dolor, por muy frustrado que te sientas, aunque no entiendas el por qué o te parezca la injusticia más grande del mundo, tienes que sacarme de ti”. Al pequeño esbozó una amarga sonrisa. “¡Cómo si fuera tan fácil!”, pensó. Pero ella, al estar tan dentro de él, le escuchó con nitidez. “No, si fuera fácil yo no tendría sentido. Ojalá no existiera. A mí sí que me amarga la vida hacer sufrir. Pero este es mi papel y trato de encontrar mi propio significado. Quizás mi presencia ayude a la gente a percibir su realidad de otra manera. O la de los otros. O les enseñe a construir donde parece que todo está perdido. O les haga mejor personas. Porque ¿sabes una cosa?. En vuestra vida, todo lo que no mata engrandece.” El niño se hizo hombre y más tarde contó lo mismo a su hijo. Yo tuve la suerte de escucharlo. Ayer, en otro banco. Una lección de amargura.

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