Qué bochorno

Del calor al sudor y del sudor al calor. Entro en un bucle. Del que no salgo por mucho que lo intento. Mis pensamientos giran hacia la negatividad y no encuentro solución a tan bochornoso problema. Por incómodo y ordinario. Para tantos. Para mí lo natural. Un obstáculo fijo y brillante en esta maravillosa etapa de la avanzadísima mediana edad. Del calor al sudor y del sudor al calor. No hay salida. Es como el día de la marmota en versión termostato. Por muy fina que te pongas. “Men sweat, women perspire, dancers glow”, como en Fama, me dice mi nueva mejor joven amiga Belén. Traduzco. Los hombres sudan, las mujeres transpiran y las bailarinas brillan. Pues yo sudo, transpiro y brillo. Y no precisamente a modo bailarina. Soy una mujer cubierta de líquido transparente y mi única obsesión es que ese conjunto de gotas luzcan en mí de la manera más estética posible. Para salir airosa. Quiero darle una vuelta, al tema, sin filtros, y llegar a una conclusión positiva ante la adversidad del ambiente. Este que te abrasa y languidece. Este que aumenta el nivel de calor de tu cuerpo hasta límites indefinidos y que repercute de manera proporcional en lo que viene siendo tu carácter. En mi caso  concreto, mi mal carácter. Como el aumento de capacidades tales como la irritabilidad, impaciencia o apatía. Por no extenderme mas de lo debido. ¿Resultado? Soy meteorosensible. Me lo ha diagnosticado el médico. Cualquier cambio en el ambiente repercute en mi conducta. Obvio mencionar las consecuencias de las mismas.

Él, mi Él, desapareció con la llegada de la ola de calor. Y no ha vuelto. Por mí conducta. Lo sé. Pero no es mi culpa, de verdad, aunque lo parezca. La culpa de todo la tiene mi hipotálamo. Que como su propio nombre indica es el encargado de regular la temperatura corporal. Y conmigo se ceba. Para que sude. Y no brille. Venga a mandar mensajes a las glándulas sudoríparas para producir más sudor. Que me está volviendo loca. El hipotálamo. Que antipático. Que lo sé. Las situaciones extremas producen conductas extremas. Y aquí estoy. Confundida. En pleno desvarío. Metida en el armario. Y cantando. “¡Qué calor! ¡Qué calor!” En modo Raffaella Carra. Cambiando el estribillo. Añadiendo. Con mi gracejo habitual. “¡Qué sudor! ¡Qué sudor!” Ah, no. Que eso no se dice. Vuelve. A casa vuelve. Qué bochorno.

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